Dicen que esto de la pandemia de COVID-19 está sacando lo mejor de las personas. Que algo cambiará en nuestro fuero interno a partir de esta terrible experiencia y nada volverá a ser lo mismo en lo referente a las relaciones humanas. Personalmente, no sé si será así o no, pero si algo está dejando claro y diáfano toda esta situación es que la centralización no funciona.

Seamos claros: tenemos un Gobierno central nefasto. La gestión del Ejecutivo de Pedro Sánchez, en tándem con Pablo Iglesias y con un plantel de ministros, cada cual más inútil que el anterior, está basada en la más absurda y grotesca improvisación. No dejan de sucederse las decisiones erráticas, la completa ausencia de diligencia y criterio y las meteduras de pata exorbitantes de absolutamente todas las partes implicadas en el inexistente «Mando Único» del Gobierno social-comunista.

Entre los más memorables capítulos de esta vergonzosa parodia encontramos la adquisición masiva de test defectuosos a un precio exageradamente por encima del de mercado, el lenguaraz reconocimiento de la monitorización represiva de las opiniones contrarias al Gobierno por parte de la Guardia Civil, o las asiduas rectificaciones en cuestión de horas de «une u otre ministre» tras las peleas de patio de colegio en el Consejo de Ministros.

Vivimos una situación excepcional para la que nuestros gobernantes en el ámbito nacional no están preparados. Ni a años luz. Una circunstancia que ha contribuido a evidenciar de una manera más abrupta aún la abismal diferencia entre la administración del Ejecutivo y la intachable gestión de las entidades locales (y autonómicas, que merecen una mención aparte) durante esta crisis sanitaria y económica.

Sí: los Ayuntamientos están siendo la verdadera barrera de contención contra el coronavirus y sus efectos devastadores en la población.

La falta de coordinación y de ayuda del Gobierno central está obligando a los alcaldes de uno y otro color político a asumir competencias y tomar medidas que no les corresponden, poniendo por delante los fondos municipales y los recursos disponibles en sus poblaciones para paliar en la medida de lo posible las consecuencias de la pandemia. No se trata solo del impecable ejemplo de alcaldes como el de Madrid, José Luis Martínez-Almeida (de la mano con la gestión autonómica de Díaz Ayuso), sino de muchos otros Ayuntamientos, hasta el más pequeño, que están dando la talla de una manera antes inimaginable.

Cualquiera podría pensar que un asunto como este, de Estado, requiere y merece la intervención de la mayor expresión de gestión posible en nuestro país: el Gobierno central. Algo que parece lógico dada la gravedad de la situación. Pero en momentos como este, sumado a la calamidad de contar con un Ejecutivo repleto de ineptitud, aflora una innegable realidad: la descentralización de la gestión es la medida más efectiva contra la pandemia.

¿Cuál es el problema? Que los Ayuntamientos no están recibiendo absolutamente ninguna facilidad por parte de una buena parte de las Administraciones superiores. Se da el caso de Directores Generales de Emergencias de más de una Comunidad Autónoma que ni siquiera han levantado el teléfono para contactar con los alcaldes y preguntar qué necesitan para afrontar esta crisis. En otras, como la Comunidad Valenciana, ni siquiera se les han facilitado los datos de contagios por municipio, impidiendo una actuación más efectiva e individualizada y sumiendo en la desinformación a los máximos responsables del bienestar de sus vecinos.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado desplegadas en los municipios, que no cuentan con la protección necesaria para el desarrollo de sus responsabilidades en este difícil momento, reciben de muchos de los respectivos Ayuntamientos suministros constantes de EPIs y todo tipo de recursos necesarios que estas administraciones consiguen adquirir o recopilar ante la ausencia de avituallamiento por parte del Gobierno. Por no hablar de la atención individualizada y a domicilio a personas vulnerables por parte de los propios alcaldes y sus equipos en las corporaciones, que incluso acuden a las viviendas a aplicar inyecciones a ancianos y enfermos ante el colapso y la carga vírica presente en los centros de salud.

Todo ello, sumado al sacrificio de una parte importante del presupuesto e, incluso, del superávit de las cuentas municipales para destinarlo a combatir la pandemia con adquisición de material, contratación de servicios de desinfección y seguridad, bonificaciones pecuniarias y muchas otras prestaciones dirigidas a mitigar el hundimiento económico y social de familias enteras por la parálisis generalizada.

En definitiva: si Pedro Sánchez y sus secuaces quieren ser verdaderamente útiles para la sociedad española en tiempos de coronavirus, lo mejor que nos puede pasar es que se queden en casa. Que doten de recursos e infraestructuras a los Ayuntamientos, favorezcan la descentralización de la lucha contra el COVID-19 y dejen trabajar a quienes verdaderamente están demostrando ser el muro de contención de la pandemia de forma silenciosa, muchas veces anónima y con la humildad que define a los servidores públicos que se deben directamente a sus vecinos.

Carlos Navarro Ahicart
Socio Fundador de Acción Liberal

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