La ignorancia en Estados Unidos respecto a sus principios económicos y políticos –la vitalidad de los mercados libres y los límites al gobierno, por ejemplo– es irónica dada la probada capacidad de estos para elevar el nivel de vida y defender los derechos humanos. Esta disparidad sugiere que nuestra ampliamente exitosa sociedad democrática está maldita por su propio y peculiar problema de conocimiento. Por un lado, como faro de la riqueza y la libertad, Estados Unidos ha triplicado con creces su tamaño, pasando de 100 millones de habitantes en torno a 1920 a 330 millones en 2020, hecho que en gran parte es atribuible a los inmigrantes pobres y analfabetos. Es de esperar que este tipo de crecimiento ponga a prueba cualquier sistema educativo. Pero hay una razón cultural más profunda para nuestra ignorancia, que paradójicamente surge de la propia democracia.

Los expertos conservadores suelen lamentar la pérdida de principios teológicos y políticos. Naturalmente, la edad y la experiencia aumentan nuestra sensación de esa pérdida. Sin embargo, gran parte del malestar social de Estados Unidos no tiene que ver tanto con la renuncia a los valores tradicionales como con los excesos monstruosos de los mismos. Si la teología subraya la dignidad de cada alma, esto refleja la capacidad de universalizar que tienen las grandes religiones; si nuestros principios políticos subrayan la dignidad de cada ciudadano, esto se hace eco de nuestro rechazo revolucionario de la primogenitura, el privilegio y el rango. Luego, las perversiones se producen cuando empezamos a creer que las almas de las personas con cuerpos o sentimientos particulares merecen de alguna manera más respeto social y generosidad gubernamental que el resto de nosotros. Eso es más que hipocresía; es la reafirmación de distinciones feas e irrazonables, precisamente en el lugar en el que fueron borradas por la democracia de libre mercado.

Algo se desborda cuando el espíritu igualitario de la democracia se convierte en una virtud inexpugnable en todo momento y lugar, independientemente de las circunstancias o del objetivo. Naturalmente, en una democracia la fe en la autoridad decae. Y cuando los ignorantes entre nosotros llenan el vacío, luego su emoción igualitaria (pathos) erosiona aún más el estatus de la razón (logos). Eso da a la democracia su carácter carnavalesco y la hace vulnerable a la demagogia populista. Los Fundadores de EEUU temían la tendencia de la democracia a crear la unanimidad egoísta de la turba; de ahí que tengamos un sistema de jurados, el Senado, el Colegio Electoral, la Décima Enmienda, la Constitución, etc.

Sucede que la democracia a menudo pervierte el cogito ergo sum de Descartes –“pienso, luego existo”– invirtiéndolo en sum ergo cogito –“existo, luego pienso”. Y este último es entonces con demasiada facilidad sólo sum sin necesidad de cogito. Es un engaño común, aunque a menudo imperceptible, que exagera los valores de nuestra cultura y su sistema sociopolítico. Si todos somos iguales, entonces por el mero hecho de existir puedo disfrutar de la noción de que soy tan bueno y válido como cualquier otro. Aunque esto es cierto en el sentido moral (cristiano) y legal (democrático), más allá de estos ámbitos suele ser un disparate pensar que somos iguales.

Es el coste de oportunidad del conocimiento lo que pone límites a la igualdad moral y jurídica. Mientras seamos individuos, todos los ciudadanos pudiéramos ser como Einstein y seguiríamos teniendo conocimientos diferentes en distintos grados. Incluso si fuéramos copias genéticas unos de otros, nuestras experiencias finitas y personalizadas de conocimiento y tiempo nos harían diferentes. Eso, por supuesto, queda al margen de ser iguales en un sentido metafísico o jurídico, ante Dios y la ley. Pero una forma de democracia utópica y fanática insiste en confundir la idea de la pura igualdad filosófica con la realidad de los cuerpos y del universo que habitamos.

La perversión de la democracia de cogito ergo sum en sum ergo cogito es paralela a la trayectoria del segundo volumen de La democracia en América (1835/40) de Alexis de Tocqueville. Al principio de ese magnífico libro, el conde francés deja que Descartes señale el ego moderno como el fundamento filosófico de la igualdad y el autogobierno. La democracia, como la culminación del modo social cartesiano, confirma y refuerza entonces el individualismo, el nuestro especialmente:

…en la mayor parte de las operaciones del entendimiento, cada norteamericano recurre solamente al esfuerzo individual de su razón. Norteamérica es, pues, uno de los países del mundo en donde se estudian menos los preceptos de Descartes y en donde se siguen con más exactitud. Esto no debe sorprender: los norteamericanos no leen las obras de Descartes, porque su estado social los distrae de los estudios especulativos, y si siguen sus máximas, es porque este mismo estado social dispone naturalmente su espíritu a adoptarlas. (DA 2.1.1)ero Tocqueville termina su libro sobre la democracia americana anticipando las distópicas pesadillas totalitarias de Orwell y Huxley. Subraya los riesgos a largo plazo del fariseísmo de las multitudes que suprimen la libertad de pensamiento y distorsionan el conocimiento, convirtiéndolo en ideología.

¿Cómo pasa Tocqueville de la liberación lógica del individuo al dilema de la muchedumbre revoltosa? De nuevo, es la maldición de nuestro éxito. Una vez que el yo es la medida de todas las cosas, el resultado desenfrenado de esta forma de pensar es la turba. Las turbas agregan el instinto sociopolítico de nuestra cultura de que tanto el conocimiento como la rectitud son reducibles a la existencia física; los números y la fuerza justifican las turbas sin más información ni debate porque sus integrantes somos los más apasionados de nuestra glorificada autonomía. A medida que la multitud crece, sucumbimos al sesgo de confirmación. Consideramos que la emoción igualitaria que nos gobierna finalmente es la correcta y voilà, concluimos que la sociedad estadounidense es injusta y debemos quemarla.

Así pues, el igualitarismo radical no es sólo nuestro problema, sino que resulta que sufrimos nuestra propia y única versión del mismo. Debido al éxito a largo plazo de nuestra sociedad libre, el movimiento woke moderno en Estados Unidos se reduce inexorablemente a insistir en que cualquier caso de desigualdad es atribuible a la injusticia. Nociones como “microagresiones” y políticas como la “formación en prejuicios implícitos” indican los extremos de esta peculiar e intensa ansiedad democrática. Y hay un problema cuando una ideología empieza a vigilar el alma en lugar de intentar convencerla.

Afortunadamente, los woke están en una contradicción creciente. Según su propio mantra de la diversidad, no es la conformidad con los grupos sino la proliferación de la singularidad individual lo que constituye el índice de un orden social democrático, libre y estable. Eric Hoffer, uno de los filósofos favoritos de Ronald Reagan, dedicó partes importantes de El verdadero creyente: Sobre el fanatismo y los movimientos sociales (1951) a una serie de “inadaptados”, “pobres creativos”, “indeseables”, “minorías” y “abúlicos”. La visión de Hoffer es la quintaesencia del liberalismo: la sociedad estadounidense prospera con los marginados. Esta es la versión sociológica de la idea de que el progreso en actividades humanas como el comercio, el compromiso político y la investigación científica siempre se basa a través de la existencia de alternativas. También permite que el individualismo rebelde supere sus defectos en dos frentes: (1) reconocemos nuestra ignorancia individual y (2) nos resistimos a conformarnos con la ignorancia colectiva de la multitud.

Pero los seres humanos civilizados suelen ser como los refugiados que beben del río Lete al salir del infierno. Olvidamos las lecciones del pasado, especialmente en una democracia en la que el respeto a la tradición es nulo. La educación en una sociedad libre debe atemperar el calor de la igualdad radical por el sentido común tanto religioso como jurídico de la civilización. Para ello, la educación debe ser considerada un bien público. Y luego está la cuestión de cómo maximizarla. ¿Por qué no asumir que las opciones locales e individuales en relación con las escuelas ofrecen ahora más diversidad y estabilidad social que las respuestas monolíticas impuestas por el gobierno federal, sobrecargadas de constantes intentos de apaciguar agravios políticos e injusticias imaginarias?

La democracia revolucionaria es especialmente hábil para facilitar la convivencia entre turbas e intelectuales. La ignorancia de la arrogancia y la arrogancia de la ignorancia son las características recíprocas de nuestro tipo especial de tiranía democrática. ¿Por qué no moderarla con modelos de educación de carácter más dialogante? De lo contrario, tanto los peores intelectuales, como las peores masas seguirán congregándose al otro lado del río para luego desatar el fuego y el furor de ambos, como ocurre en la ciudad provinciana de Skvoreshniki al final de Los demonios de Dostoievski (1871–72).

Según el sentido común de los mismos adeptos de la ideología woke, se intuye que la única manera de hacer retroceder los excesos de la igualdad es volver a cultivar la distinción, o según su jerga, la diversidad; pero sólo se atreven a hacerlo en nombre de la igualdad. Para contrarrestarles, deberíamos convertir el dictamen liberador de Descartes en una moral de la ciudadanía. En una sociedad civil, estoy de acuerdo en escucharte hasta cierto punto, pero no tengo que hacerte caso. Como mínimo, tienes que demostrarme que puedes razonar. Habiendo logrado el sufragio universal en Estados Unidos, todavía sostenemos que los niños no votan, no dejamos votar al resto del mundo y en teoría exigimos conocimiento de civismo para todos los inmigrantes que quisieran conseguir la ciudadanía. Los muertos no pueden votar. Las personas con soporte vital tampoco. Estos límites sugieren que ya sabemos que debemos pensar para seguir siendo una sociedad libre. “Pienso, luego existo” debe dejar de ser solo un lema filosófico para ser más bien el objetivo pragmático de los ciudadanos razonables. Y si ese es el objetivo de la educación en general, entonces tiene sentido una amplia cartera de soluciones diversas. La respuesta es un mercado libre en la educación. Tenemos que dejar de utilizar el dinero de los contribuyentes para financiar fábricas de igualitarismo radical. No es sano dejar de existir dejando que los demás nos digan cómo pensar.

Eric Clifford Graf (PhD, Virginia, 1997)
Autor de ensayos literarios con interés también en la reforma de la educación universitaria.
Escritor para revistas como Minding the Campus, FAES, Café Montaigne, Disenso, Quillette, CATO, etc.

Si quieres conocer más sobre Eric Clifford visita https://ericcliffordgraf.academia.edu/

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