Imaginemos por un momento que estamos en la Edad Media. Tenemos un señor feudal que controla todo: la tierra, los recursos y, por supuesto, a las personas que trabajan para él. Si alguien se atreve a cuestionar su autoridad, las consecuencias son graves. Podría perder su tierra, su estatus social e incluso su vida. Pero hay un detalle más: si el señor feudal cambia de opinión sobre algo, todos los siervos deben cambiar con él, sin cuestionar. En aquella época los barones tenía cierto poder de decisión pero si se volvían en contra de su monarca podrían enfrentarse a la ira de él y de todos sus súbditos.

Ahora bien, traslademos esa imagen a la política española actual. Tenemos líderes de partidos que, aunque no tienen el poder de vida o muerte sobre los afiliados a sus partidos nosotros, sí tienen un control significativo sobre la dirección política y, en última instancia, sobre el futuro político. Si un miembro del partido se atreve a cuestionar la línea oficial, se le margina, se le relega a un segundo plano y, en algunos casos, se le expulsa del partido. Y al igual que en el feudalismo, si el líder cambia de opinión, se espera que todos los miembros del partido cambien con él. Así mismo la totalidad debe votar a una en todos los órganos legislativos de España, desde los autonómicos, centrales o de los ayuntamientos. incluso existen leyes antitransfuguismo con sanciones a los que desobedezcan.

En ambos escenarios, el precio de la desobediencia es alto. En el feudalismo, te convertías en un paria, excluido de la protección y los beneficios que venían con la pertenencia a un feudo. En la política moderna, te conviertes en un paria político, excluido de la toma de decisiones y marginado dentro de tu propio grupo.

Y aquí viene la pregunta: ¿qué dice esto sobre nuestra democracia? Vivimos en un sistema que se supone que valora la libertad de expresión y el debate abierto. Sin embargo, las estructuras de poder dentro de nuestros partidos políticos parecen funcionar de manera contraria a estos ideales. Si no puedes cuestionar a la autoridad sin temor a represalias, entonces tenemos que preguntarnos qué tipo de democracia estamos construyendo.

Así que aquí estamos, en el siglo XXI, lidiando con dinámicas de poder que parecen sacadas de un libro de historia medieval. Si queremos construir una democracia fuerte y saludable, tenemos que estar dispuestos a cuestionar estas estructuras y fomentar un ambiente donde la disidencia no solo se permita, sino que se celebre. Recordarle a nuestro actual Presidente en funciones que él mismo fue un transfuga de la doctrina oficial…

Danilos

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